Probablemente no sea el primero… Y menos el último que odie a los economistas. ¿Por qué no les caemos bien? ¿Por qué el profesor no pregunta si hay economistas antes de empezar su clase? ¿Por qué nuestra facultad es el Parque Arauco de comercial?
¿“Nos odian porque nos temen y nos temen porque nos saben irreductibles”[1]? NO… No les caemos bien porque somos insensibles y trabajamos con plata, porque nos interesa maximizar la riqueza de los dueños, porque no sabemos nada y seguimos ocupando los puestos de los gerentes, porque nuestra facultad parece un mall y los alumnos parecen vestidos directamente de los catálogos de las grandes tiendas.
Es que no se dan el tiempo de mirar con un poco más de cuidado, de preguntar, de escuchar y de conocernos. A nosotros, los superficiales economistas, los bien vestidos y bien pagados. Porque sí, tenemos otro lado, miramos más allá, pensamos un poco más de lo que creen y también nos molesta un poco nuestra realidad.
También nos preocupa lo que aprendemos y a veces dudamos del bien que entregaremos más adelante o no. Un día después de enterarme que el profesor O’Malley, como muchos profesores, odiaba a la escuela de economía, uno de mis profesores empezó su clase con una preocupación: ¿De verdad les estoy enseñando TAN SOLO a maximizar sus utilidades? ¿Eso es lo que quiero transmitirles? Entonces nos recordó a San Alberto Hurtado que nos dice que no basta con no ser malos sino que hay que ser buenos.
Por eso no nos importa cambiar nuestra ropa de catálogo por un buzo y un impermeable y salir a construir hogares a quienes lo necesitan; ocupar nuestra capacidad de maximización para hacer de nuestro país un país más rico no solo en bienes materiales, sino también en generosidad y en justicia. Por eso es que San Francisco de Asís es nuestro patrono, porque él era un hijo de comerciante que decidió dejar todo lo que tenía de lado para ir a construirle una Iglesia a Dios y nosotros estamos dispuestos a ser igual de humildes y desprendidos en nuestro futuro, a trabajar por maximizar no solo la riqueza de los dueños, sino la de todo quien nos rodee.
Desconozco los motivos por los cuales nos odian… Allá ellos.
Ignacia Pérez
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